El absurdo contemporáneo: entre la apertura y la nueva forma de juzgar
Hace poco, en una reunión social, escuché la típica frase: “yo no tengo nada contra los homosexuales, los acepto”. A veces disfrazada de corrección política, otras veces dicha con la carga de los viejos códigos, incluso con palabras como “fletos” heredadas de otra época. Siempre me parece curioso —y, en cierta medida, absurdo— que alguien sienta la necesidad de declarar públicamente su “aceptación”, como si ese gesto fuese condición de validez para la existencia del otro. Es un acto que revela más de lo retrógrado que de lo moderno: la idea de que lo humano, para existir con legitimidad, necesita de la aprobación de alguien más.
La homosexualidad ha estado presente en todas las sociedades, en todas las culturas, en todos los tiempos. Ha sido celebrada en algunos momentos, perseguida como delito en otros, invisibilizada la mayor parte de la historia. Que hoy alguien diga “los acepto” resulta, por lo menos, ilógico: ¿cómo aceptar lo que no necesita permiso? Ese tipo de enunciados muestran que, a pesar de los avances, todavía cargamos con el eco de la censura, del estigma y de la segmentación.
Lo paradójico de nuestra época es que, en nombre de la apertura, también se ha instalado una nueva forma de polarización: la de mirar con sospecha, o incluso con desprecio, a quienes representan lo “antiguo”, lo “clásico”, lo que no encaja en los códigos actuales de inclusión.
La paradoja se explica en parte por el propio pulso de la historia. Cada ola social trae consigo un péndulo: lo que antes se reprimía ahora se exalta, lo que antes era invisible ahora se convierte en bandera. Pero en esa exaltación, muchas veces necesaria, surge un nuevo riesgo: reemplazar un viejo dogma por otro, cambiar la forma del juicio pero no su esencia. Antes se discriminaba al homosexual por no ajustarse a la norma; ahora, bajo ciertos códigos, se caricaturiza o desprecia lo conservador por no ajustarse al nuevo progresismo. Es un juego de espejos donde, bajo la retórica de la libertad, se cuelan microformas de intolerancia.
Lo absurdo se convierte entonces en protagonista. Porque la sociedad parece necesitar siempre un blanco: ayer fue la diferencia sexual, hoy puede ser el apego a tradiciones, mañana tal vez lo será otra forma de identidad cualquiera. La cultura contemporánea vive en el borde de esa contradicción: celebramos la diversidad, pero no siempre toleramos lo diverso en el modo de pensar o en la permanencia de lo clásico. En definitiva, se reemplaza la exclusión de “lo distinto” por la exclusión de “lo que no cambia”.
Lo interesante de este fenómeno es que desnuda la fragilidad de nuestros consensos. Nos gusta creer que hemos avanzado hacia una sociedad más libre, pero a menudo lo que hemos hecho es cambiar las máscaras de la censura. El juicio permanece, aunque con nuevos argumentos y otro decorado. Y ahí es donde el absurdo se vuelve evidente: creemos vivir en un tiempo de apertura, pero no siempre aceptamos que la apertura implica convivir también con lo que no se abre, con lo que permanece, con lo que insiste en existir.
En mi visión, lo verdaderamente radical hoy no es elegir un bando, sino atreverse a no jugar en la lógica del péndulo. Reconocer que la homosexualidad, como cualquier aspecto de la vida humana, simplemente es, y no necesita ser defendida como consigna ni atacada como amenaza. Que lo clásico, lo tradicional, puede convivir sin ser reducido a enemigo del presente. Y que la verdadera libertad empieza cuando dejamos de buscar nuevos motivos para incriminar al otro.
Quizás el gran desafío de nuestro tiempo sea aceptar lo absurdo no como un problema, sino como parte de la condición humana. La apertura auténtica no se mide en banderas, sino en la capacidad de vivir sin convertir cada diferencia en un juicio.

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